Homenaje a Don Pacheco. DE OFICIO, PELUQUERO

El viejo que miraba desde la vidriera mientras el tiempo pasaba, mordía los labios, sabiendo que el reloj de la vida inexorablemente borra todo vestigio de nuestro paso por la tierra. Él tenía una pequeña capsula del tiempo, quería atrapar en un diminuto espacio un poco de recuerdos, cada mobiliario, cada objeto que allí existía era la prueba tangible de que el pasado puede ser tocado, como cuando miramos una foto toda raída y reconocemos en ella a los seres que ya no están, o nos habla de nuestra juventud. Al contarme de su vida perdía la mirada en el horizonte, como buscando en el fondo los recuerdos que le hicieron más feliz.
En los años que llego a Zapala como soldado conscripto, su juventud y el amor de su vida con el que formo una familia.

“…Si cierro los ojos, hasta puedo oler el pan casero que mi madre hacía en la cocina a leña, allá en La Pampa…” Decía.
Lo último que perdemos son los recuerdos. Ese día que decidió darme esta nota, lo encontré con ánimo de hablar.
Si bien pasaba como cualquier vecino, el saludo de Pacheco no se hacía esperar para levantar la mano con una sonrisa al transeúnte. Un día me dio esa nota que tanto le pedía, aquí fragmento de la entrevista a Don Pacheco.

 


LA NOTA
Desde hace 50 años atiende su local en el lado viejo del centro de Zapala, una vieja peluquería, donde el tiempo parece detenido. Pero nada de esto es novedad para el hombre en cuestión. Hace muchos años que lo vive y lo respira, mientras reitera su rutina: todas las mañanas, Rafael Pacheco llega a su peluquería, sobre la calle Olascoaga, levanta la persiana

, enciende la radio, prepara las tijeras y la navaja y se sienta a leer el diario mientras apura un mate amargo. Por último, a esperar la llegada del primer cliente.
Desde la vidriera se distingue dos viejos sillones de barbería de antaño. Hay un cliente esperando su turno, Adolfo Müller, que vive desde el 1969 en Zapala, “Las chicas me dicen que me parezco a Jack Nicholson” , dice riéndose Müller, mientras se acomoda en el sillón, comenta.

“ soy jubilado y marido retirado, bromea” . Mientras Don Pacheco hace su trabajo, Müller le dice “me esta dejando muy lindo Pacheco, las chicas no me van a dejar salir…” entre risas, el corte avanza, mientras sigue comentando Don Pacheco, “soy de La Pampa, tengo 87 años, hoy estoy jubilado, pero no cansado, no me puedo quedar en mi casa, tengo que venir a la peluquería a trabajar” levanta el ceño de la frente, con orgullo sigue relatando, “Aprendí el oficio desde pequeño. Cuando yo era chico y me portaba mal, mis padres de castigo me mandaban a la peluquería del barrio, para que aprendiera un oficio. El peluquero, en aquel tiempo, me hacía lustrar botas, yo en ese entonces tenía 13 años, después de lustrar botas, pasaba a cortar el pelo y a los 16 años ya estaba afeitando con navaja, ahí terminaba mi castigo” sonríe con nostalgia.

“Llegue a Zapala para terminar la colimba y nunca más me fui. Me case y forme una hermosa familia .Tengo dos hijas y cuatro nietos hermosos. “Abrí esta peluquería, porque era lo que sabía hacer, en aquel entonces y nunca más la cerré”.

Don Pacheco, no lo pensó jamás, pero su figura rompe las fronteras del tiempo. Es el rastro de todas las épocas en una ciudad que esconde bajo la alfombra de la urbanidad pequeños tesoros carentes de prensa y promoción. A semanas de cumplir 100 años nuestra ciudad, esto son, esos tesoros de vida, que también forjaron la historia de este pueblo. “Por estos viejos sillones de barbería, pasaron muchas celebridades reconocidas de la ciudad, uno de ellos fue nuestro intendente Valentín Eberle, que a pesar de su investidura, se tomaba el tiempo para que le cortara el pelo y así me iba enterando lo que pasaba en aquel tiempo”. Seguía relatando Don Rafael Pacheco. “Este lado que hora es viejo en la ciudad, estaba separado por las vías del tren, calles de tierra y había una especie de calesita para cruzar para este lado, era para que los caballos no se metieran en las vías, ya que el tren iba y venia con pasajeros y cargas pesadas todo el tiempo. Era una ciudad pujante, en constante movimiento. La pucha si hemos hecho patria, había que aguantarse los vientos que te aislaban por semanas y en invierno las terribles nevadas”. “Aquí en la esquina, donde estaba la confitería el Satélite, atendía Don Fernández junto a su señora, que vendían churros y te daba café. Solía llenarse de turistas que bajaban del tren y por ahí cada tanto alguno se acercaba a cortarse el pelo y afeitarse”. “A mis 87 años, se me hace muy difícil dejar de venir, mi familia me dicen que lo siga haciendo. Esto es mi vida,…”
Fotos y Nota Dario Martinez

Esta es parte de la entrevista que amablemente don Pacheco nos brindo hace ya unos años. El 1 de junio 2017 este hombre de trabajo que fue parte de los hombres y mujeres que forjaron las bases de nuestra ciudad decidió partir, con este humilde homenaje queremos recordarlo.

 

 

 

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